Festejo

A veces queremos que todo sea alegría, que todos se contagien de la felicidad que nos embarga. A veces un simple acto lo hace, pero a veces es necesario otro tanto más. A veces lo que hacemos para alegrar a otros no es lo mejor. A veces el modo en el que lo tratamos de hacer no es el adecuado. A veces fallamos.
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Ramón era un hombre adulto. Esposo de María. Padre de Julio y de Jazmin. Vivían en el pueblo de Santo Tomás, Chiapas. Alejados de la ciudad. Sus vecinos estaban a escasos 5 kilómetros. Al menos si querían estar a solas y tranquilos era el lugar perfecto. El único problema aparecía cuando ya no querian estar así. Esperaban que sus vecinos supieran que ya habían pasado tantos días sin contacto y que sería divertido hacerles una visita. Pero en ocasiones no ocurría.
Ya pasados los meses, Julio volvía a cumplir años. 3 años desde su nacimiento. Jazmín era su hermana pequeña y contaba con sólo un año de edad.
La fiesta sería en su casa y serían invitados todos los vecinos que quisieran asistir. Y mejor si eran muchos.
Desde las 5 pm llegaron los primeros invitados. Eran sus vecinos más cercanos y traían regalos para Julio. Algunos eran juguetes, otros eran ropa, y otros más eran útiles escolares pues Julio ya se interesaba por la escuela.
Entonces llegaron los demás y el festejo comenzó en serio.
Los niños comenzaron a jugar con Julio. Las niñas comenzaron a hacerle gestos a Jazmín. Los adultos platicaban sobre la fiesta, sobre el costo y sobre lo bonito que había quedado la habitación-sala-cocina con los pocos adornos que habían colocado. Habían globos inflados en las paredes, serpentina colgada de las flores, un poco de espuma en el suelo hecha con jabón, de ella se podía hacer burbujas.
Ramón les habló a todos para que se reunieran en la mesa (una serie de cajas que eran cubiertas por una manta) para que Julio apagara la vela (un cirio que ya ha asistido a tantos cumpleaños y a noches sin electricidad) y partiera el pastel. Antes de ello los asistentes cantaron “Feliz cumpleaños a ti” y Julio sonrió.
Pero la fiesta se tornó un tanto extraña cuando alguien rompió un globo que estaba pegado a la pared. Un hombre se disculpó y siguió la celebración, aún cuando un pequeño olor a gas comenzaba a inundar el lugar. Los niños, al oír el ruido que provocó el explotar del globo, tomaron los restantes y se dispusieron a romperlos. El olor de gas aumentó. El desconcierto de las personas que estaban ahí apareció, pero al no saber a qué se debía, prosiguieron con los aplausos al terminar el canto.
Todo empeoró cuando Ramón le dijo a María que encendiera la vela. Ella fue por la caja de cerillos y raspó uno de ellos en un costado de la caja, pero no encendió. Para la segunda vez que lo hizo, la cerilla se encendió creando una pequeña chispa azul y después amarilla. Aquella chispa fue tan diminuta que nadie se sorprendió. La sorpresa llegó cuando, después de aquella diminuta llama, el fuego se extendió por toda la habitación como su fuera el aliento expulsado por un dragón.
El aire, en su totalidad, se incendió. Los asistentes tuvieron escasos segundos para darse cuenta de lo que pasaba pero no pudieron reaccionar a tiempo para salvarse. Dado que la casa estaba hecha de madera, láminas y piedra, ésto hizo que el fuego se mantuviera dentro y se avivara por momentos.
Ya muy tarde llegó la ayuda, pero todo estaba totalmente incinerado. La habitación sólo era un cuadro negro. Oscuridad y azufre reinaban el lugar. Aún se sentía el calor que emanaban las paredes. Aún habían brasas en las ropas, en la madera, en los cuerpos que no se habían destrozado por completo por el fuego.

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