El Invento De Sebastián

Hace meses estuve a nada de entrar en un concurso de literatura infantil, en donde el requisito era escribir una historia referente al agua dulce. Por motivos reglamentarios ya no pude meter mi historia, pero aquí se las dejo.
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Así fue como Sebastián logró crear su más valioso invento del verano.
Comenzó como una tarde cualquiera. Desayunó su cereal favorito. Se despidió de sus padres cuando salió de casa para irse a la escuela (pero antes se puso su chamarra favorita, la de color amarillo). En las noticias decían que unas nubes grandes y grises se acercaban a la ciudad así que su madre le puso un paraguas en la mochila.
-No lo uses dentro del salón, ya sabes que es de mala suerte.
Los dos rieron mucho.
Sebastián llegó a la escuela y en la entrada se encontró con su amigo Fernando.
-Hola. ¿Sabías que habrá lluvia por la tarde? –le preguntó Fernando.
-Sí. Y tengo una idea de cómo hacerla divertida. –Sonrió Sebastián al decirlo-. ¿Quieres venir a mi casa en la tarde? Jugaremos y comeremos sándwiches.
-Claro.
El día pasó sin nada más que la normalidad. Las clases de matemáticas, la clase de español, la clase de historia (la favorita de Sebastián). El recreo en donde salió a jugar y comió sus dos sándwiches que su madre le había puesto en su mochila.
Cuando volvió a su casa estaba más emocionado de lo que había estado otros días. No sólo era por la lluvia sino porque intentaría crear uno de los inventos más grandiosos que había imaginado.
Tomó algunos botes, algunas cubetas y otras charolas que estaban arrumbadas debajo de una escalera y le preguntó a su madre si podía usarlas. Ella dijo que sí, que ya no servían porque estaban dobladas. A Sebastián le pareció que no lo estaban pero le dio las gracias.
Subió a su cuarto que estaba lleno de juguetes de superhéroes, de carros a control remoto, de juegos de mesa y de estampas coleccionables. Su cama era un auto que por las noches corría veloz por una pista imaginaria. Se sentó en el suelo y sacó de un cajón los materiales que usaría: tijeras, pegamento, y unas hojas y plumas para dibujar el diseño.
A las cinco de la tarde ya había terminado de crear su invento. Bajó a la cocina y tomó dos jugos de manzana y también cuatro sándwiches que su madre había preparado mientras él estaba en su cuarto. Su padre lo había visitado a la mitad de su elaboración pero él le respondió que estaba haciendo un invento genial y que más tarde llegaría Fernando para verlo en acción. Su padre dijo que le gustaría verlo y Sebastián se emocionó.
Volvió a su cuarto para tomar su invento y le pidió ayuda a su padre para llevarlo al patio trasero y colocarlo ahí.
-¡Wow! Es muy grande. Y lo hiciste solo.
Sebastián se sonrojó y le agradeció a su padre. Justo en ese momento el timbre de la puerta sonaba y Sebastián iba a abrirla. Era Fernando.
-Viniste. –Dijo Sebastián.
-Pues sí, no me iba a perder la diversión, además me dijiste que sabías cómo hacerla divertida.
-Sí, ya está preparada, pero antes comamos y juguemos en mi cuarto. Vamos. El invento que hice sólo servirá hasta que llueva.
Subieron al cuarto de Sebastián y jugaron hasta las seis de la tarde. El ocaso hacía que los árboles tomaran un color café y anaranjado. El cielo mezclado de azul, naranja y gris se veía espectacular. En el patio trasero el invento esperaba ansioso a ser utilizado.
De repente la primera gota cayó con un clink en la cubeta principal del invento de Sebastián. A ellas le siguieron otras dos y a ellas dos y a ellas cinco y así sucesivamente hasta que la lluvia se hizo mayor y se formó una cortina gris que tapaba la ciudad.
Sebastián oyó las gotas que caían y le dijo a Fernando que era hora, que bajaran al patio y le enseñaría su invento. Encontró a sus padres en la sala mirando la televisión y les dijo que lo acompañaran al patio también.
Los cuatro se colocaron en la puerta corrediza que da al patio trasero. El sonido de la lluvia emocionaba a Sebastián. Los padres de Sebastián estaban esperando qué nuevo invento había hecho.
-Este es el invento que hice y espero que les guste. Se llama El Río de Lluvia. Así que ya podemos verlo.
Sebastián abrió la puerta y encontraron una máquina grande, inmensa en la que corría agua. Medía más de 2 metros. Estaba hecha de restos de cubetas y pedazos de pegamento que unían a las cubetas. Era un río que fluía por aquellos toboganes descubiertos en donde la lluvia caía. Parecía un juego de feria en miniatura.
Fernando se acercó sin importar que se mojara y admiró la obra que Sebastián había creado. Puso un dedo en una corriente que pasaba por un tobogán a la altura de su cintura y sintió la rapidez con la que iba.
-Es increíble. –Dijo Fernando tomando una hoja que había en una silla (que previamente había dejado Sebastián) y armó un barquito. Lo colocó en el inicio de la corriente y el barco navegó.
-Ahí va un barco inmenso que surca los mares como el titanic –comenzó a narrar Sebastián-. Mejor como el gran Apolo II, porque el titanic se hundió –todos comenzaron a reírse y Sebastián continuó con su narración-. Sube por una pendiente de miles de kilómetros, apenas puede mantenerse a flote pero lo consigue. Ahora se prepara para bajar rápidamente por un río que parece enfurecido.
Fernando se imaginó que eran piratas los que navegaban y manejaban el barco. Los piratas se llamaban Sebastián y Fernando. Gritaban que tuvieran cuidado con las corrientes, con la lluvia, con las ballenas y los tiburones que se asomaban en el océano. Que tuvieran cuidado con el movimiento del barco que iba de un lado a otro.
Sebastián miró a sus padres y los vio sonreír. Miró a Fernando y también lo vio sonreír. Sebastián también sonrió. Tomó una hoja y convirtió el papel en un buque enorme que navegó persiguiendo al barco de Fernando. Sus padres también crearon el suyo y se volvió un juego por ver quién se divertía más.
Los barcos navegaron durante horas, pero aún siguen navegando en sus recuerdos.

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