El Fugitivo (Capítulo 9)

CAPÍTULO 9
El día era soleado. El día estaba como nunca antes había estado. El día era absolutamente bueno. Quizá por eso tenía que ocurrir algo para quitarme de encima la sonrisa con la que caminaba hacia el trabajo.
Normalmente tomaba la calle principal hacia el centro de la ciudad para llegar, pero decidí que, por el sol, tomaría la calle paralela a ella, así que me desvié de la ruta diaria.
La gente también caminaba hacia algún punto-objetivo. Así era la ciudad. Siempre me recordaba a las colonias de hormigas que tenían los científicos. Una gran cantidad de animales yendo y viniendo.
Detrás de un árbol vi a una pareja discutiendo. Parecía como si fuera una pelea de pareja, así que me bajé del paso peatonal y cruce a un lado de ellos. Cuando pasaba a su costado, vi con el rabillo del ojo qué ocurría, me di cuenta que el tipo llevaba una navaja en la mano y la tenía presionando el cuerpo de la chica. Ella hacía leves movimientos para irse, pero él la detenía con su otro brazo. Logré salir de su visión y, con pasos sigilosos, me acerqué por su espalda.
-Oye, déjala en paz. –Grité mientras lo agarraba de su hombro para darle la vuelta.
Quizá fue por el susto, o porque ya lo tenía pensado, pero su navaja terminó clavada en el costado de la chica. El tipo me aventó y salió corriendo. Grité que lo atraparan, pero nadie me hizo caso y me dejaron con una disyuntiva: correr tras él para atraparlo o ayudar a la chica. Me decanté por la última y me arrodillé para tomarla en brazos.
-Está bien. Está bien. –Era lo único que podía decir-. No cierres los ojos, aguanta un poco más. –Le decía a ella y después miraba a los que estaban cerca de nosotros-: ¡Llamen a una ambulancia! ¡Hagan algo! ¡Muévanse!
La gente se quedaba parada, como si no supieran como llamar a emergencias. Ni un policía estaba cerca. ¿Dónde están cuando los necesitas?
La acosté en el piso y le dije que respirara lo más despacio que pudiera, pero que evitara cerrar los ojos. Vi la empuñadura de la navaja, era de marfil y tenía grabado un nombre: «Mario». Ella vio hacia donde dirigí mis ojos y me dijo con las pocas energías que le quedaban:
-Sácala. Ayúdame, por favor.
-Es mejor que la deje ahí, tal vez cortó alguna vena, arteria o un órgano.
-Da igual. Yo soy la que está sintiendo y te digo que ya no queda mucho tiempo. Sácala y ve por él.
-Pero…
-Hazlo de una vez.
No sabía si hacerle caso o no. ¿La ambulancia estaría ya cerca o tendría tiempo de hacerlo? Y, ¿qué haría después? ¿Llevármela como recuerdo? ¿Cómo iba a encontrar al tipo si apenas logré ver su rostro y el nombre no ayudaba demasiado? Aunque, supongo, que no debe de haber muchas personas con una navaja de tal manufactura. Se pavonearía de tenerla.
No lo pensé más tiempo y tomé el mango, le di mis disculpas por el dolor que le iba a provocar y la saqué de su costado. La sangré manó a raudales, como si le hubiera quitado un tapón a una bañera y se fuera el agua por el drenaje, y prácticamente eso era, la navaja había servido de tapón.
-Gracias. –Me dijo la chica y después cerró sus ojos.
-¡No, despierta! –Trataba de moverla para que los volviera a abrir, pero sabía que era inútil, había muerto-. ¡Maldición! –Grité más para mí que para otra cosa.
Cuando llegaron los policías me vieron sosteniendo la navaja y me tomaron por el hombro. No dije ni una palabra hasta el juicio, en donde, lógicamente, me creyeron culpable de la muerte de Gloria, la chica a la que asaltaban. De alguna manera fue cierto que yo la había matado, pero no lo hice con… Da igual.
Las pocas personas que se encontraban cuando trataba de defenderla desaparecieron, o al menos no supe que trataran de ayudarme.

Traté de salir para encontrar a aquel tipo. Ya no tenía la navaja para ir preguntando por su dueño, sólo recordaba el nombre grabado en la empuñadura. Y creí que lo encontraría, pero al parecer me equivocaba. Todo fue un fracaso. Ahora estoy a punto de ser detenido otra vez y darle más tiempo de libertad a otro. ¡Bendita justicia!

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