La Invocación (IV)

LUNES
IV
Llegó a la clase, que se había convertido en cuatro horas de escape y evitación de su familia, y encontró todo vacío a excepción de Óscar. Su guitarra no era la misma que había llevado antes. La que Francisco había visto era una de color café, y cuerdas de nylon; ésta era negra y con cuerdas metálicas, lo que le daba un sonido más fuerte y seco. Al practicar los acordes, Óscar se veía tan concentrado que no vio a su compañero entrar. Enfrente de él se encontraba un pequeño atril que tenía unas partituras. La música que tocaba se escuchaba suave y grave a la vez, débil y fuerte, melancólica y con energía. Era extraña y hermosa.

     -¿De quién es esa canción? -Preguntó Francisco, sacando de la fantasía a Óscar, quien lo miró un poco enojado y fascinado.
     -Es mía, yo la compuse.
     -¿De verdad? Suena genial. Es tan extraña que parece fuera de este mundo.
     -Bueno, eso es lo que pretendía, que fuera de otro mundo. Algunas canciones ya son sólo repeticiones de otras ya hechas o mezclas de sonidos sin sentido, ¿no te parece? Yo quise hacer algo nuevo. Algo que disfrutaran desde los primeros acordes. Algo que los hipnotice.
     -Y vaya que lo lograste.
     Se escuchó un ruido y eran los demás compañeros que llegaban a la clase. Cada uno se sentó en el lugar en el que ya estaban habituados y comenzaron a hacer algunas melodías para calentar. Francisco también se colocó en un banco y comenzó a hacer algunos punteos para aligerar el movimiento de su mano.
     El profesor no tardó en salir del cuarto contiguo. Se le veía un poco cansado, pero aun así se sentó tras la batería y también probó el instrumento.
     -Este día vamos a comenzar algo distinto. Me gustaría que tuvieran esta partitura y se la aprendan para el viernes que viene. La razón para ello es una sorpresa. Por favor, practíquenla y apréndansela.
     Nos dio unas hojas llenas de partituras con el título como encabezado, «Sonata para el viento». Había algunas correcciones con pluma y algunas anotaciones con lápiz en los extremos de las hojas. Nada que Francisco no entendiera ya. Habían pasado sólo tres días, pero con un estudio diario se había logrado aprender los acordes, aunque aún le fallaban los símbolos de la partitura.
     -Es la Sonata para el viento de Thomas Gibbins. La escribió en 1887 y fue tocada en un teatro en Edimburgo. La historia cuenta que ha sido una de las piezas más melancólicas que se han escrito. Y ahora quiero que ustedes la toquen, claro, con unos cuantos instrumentos reducidos, pero con un buen ensamble, se escuchará perfecta. ¿Qué les parece?
     Todos aplaudieron y mencionaron que sería un excelente reto. para Francisco lo sería aún más, tenía que aprenderse esa canción y comenzar con la de los Beatles, sino no la llegaría a tocar en dos meses. Pero el reto le gustaba.
     -Perfecto. Ahora, a practicar.
     Cada uno de los instrumentos comenzaron a sonar. Pepe recordó cuando no había sonidos limpios en todos, ahora todo era diferente y se escuchaba mejor. Cada día mejor. Por eso les había encomendado aquella pieza, para que su talento individual comenzase a mutar en una armonía grupal.
     Mariana se acercó a Francisco y le preguntó:
     -Oye, si no estás ocupado después de clase, ¿crees que podríamos vernos para ensayar la nueva canción?
     -Claro. También me gustaría tener un poco de ayuda.
     -Y que lo digas. Eso será diferente, pero agradable,
     -¿Yo también puedo unírmeles, chicos? –Preguntó Karen.
     -¿Y yo? –Ese fue David.
     -Sí. Así ensayaremos mejor y cualquier fallo lo veremos entre todos. –Dijo Francisco-. ¿Quieres venir con nosotros, Óscar?
     -No. Estaré ocupado. Tal vez mañana.
     Los cuatro alumnos se voltearon y prosiguieron con su práctica.
     -¿De verdad no puedes venir? –Le preguntó Francisco a Óscar.
     -Sí. Tengo que hacer algunas cosas en casa. Pero mañana ya veré.
     -Está bien.
Tras unas horas de ensayo y de terminar con los dedos adoloridos, los alumnos, a excepción de Óscar, fueron al quiosco del centro. Ahí se reunían varios jóvenes que gustaban de las acrobacias en patineta, algunos que iban en patines, y otros que también llevaban sus instrumentos. Karen les contó que alguna vez llegó a ver a un chico que llevaba un acordeón
     -Es cierto. Yo también lo vi un día. –Confirmó David-. Creo que sólo viene los martes. Quizá es el único día que sale temprano de donde esté.
     -Puede ser. –Dijo Karen-. Por cierto, hablando de cosas extrañas, ¿no les pareció que el profesor estaba muy cansado o algo así?
     -Ahora que lo dices, es cierto. –Respondió Francisco que, tras pocos días, podía dar una respuesta neutral-. Como si se hubiera desvelado y no hubiera dormido nada. A veces me veo así, pero no tanto.
     -Sí, fue bastante extraño. Y más por aquel discurso de la pieza que nos dio para aprendérnosla.
     -Bueno, a mí me parece bien que nos de algunas canciones para aprender, aunque sean del siglo pasado.
     -Claro, a mí también, pero no hablo de eso –continuó Karen-, es que me pareció aún más raro, como si… no sé, como si no fuera él quien estuviera ahí.
     -Eso es una tontería. Mejor ensayemos, si no, me voy. –Sentenció David.
     -Bien, bien. Comencemos por el principio.
     Con un ritmo semi-lento empezaron a practicar la nueva pieza musical. Aun cuando sólo llegaron a tocar la primera página de cinco que les había dado el profesor, sintieron un ambiente extraño. El viento que los rodeaba se puso frío y David se colocó la sudadera que llevaba en su mochila.
     -Como que de repente bajó la temperatura. Qué extraño. –Vio a sus compañeros, pero nadie lo volteó a ver, ni respondieron a su pregunta implícita, como si no estuviera él ahí, a su lado-. ¿Oigan? ¿Me están escuchando? ¿Chicos? –Gritó más fuerte, hasta que Francisco movió su cabeza a los lados, como si despertara de un sueño. A él le siguieron los demás.
     -¿Qué pasa? –Preguntó Karen.
     -No respondían. Les hable varias veces y parecía que estuvieran en otro mundo.
     -No digas tonterías. Tal vez sólo estábamos adentrados en tocar.
     -No, de verdad… –sintió un viento frío colarse por su espalda-. Creo que ya me voy. Nos vemos mañana en la clase.
     Tomó sus cosas tan rápido como pudo y se fue. Los demás sólo vieron cómo se alejaba del quiosco.
     -Creo que le afectó el aire libre. –Bromeó Mariana.
     -Pues quien sabe, pero creo que tiene razón, ya es tarde. Hicimos un buen progreso. Le seguimos mañana. –Anunció Francisco mientras recogía su guitarra y la metía en el estuche.
     -Nos vemos. –Se despidieron todos.

Cada domingo un capítulo nuevo.

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