La Invocación (XIII)

XIII
Las cosas iban bien, dentro de lo que cabía imaginar. Todos los jóvenes reclutados se habían sentado en su lugar. Eran las 4 en punto y el reloj de la catedral se alcanzaba a escuchar con cada campanada. Se detuvo en la cuarta y toda la orquesta comenzó a tocar.
     Como no había suficientes copias de la canción, algunos se encontraban haciendo grupos con otros más. De la misma manera, algunos tropezaban con alguna nota que no conocían o con algún movimiento que era más difícil de lo que habían aprendido. Aun así, la canción se escuchó potente.
     Sólo que, a esa misma hora, en todo el planeta, también comenzaron a tocar la canción los demás. Los que adoraban a Evoct.
     -Más fuerte muchachos –gritó Óscar a toda la orquesta.
     El conservatorio se llenó de música alegre, pero tras unos instantes, el cielo comenzó a oscurecer. Las nubes, que tenían el aspecto de algodón, se transformaron como si se tratara de una rata gigante y gris. En medio del alboroto que comenzó debido al fuerte viento, un remolino creció, pero no desde la tierra al cielo, sino al revés. No era un huracán, ni algo parecido era un portal que no sólo llevaba al otro lado de las nubes, sino a otro espacio, era la entrada que habían abierto a Evoct. Y de él salió.
     En realidad, no muchos lo vieron porque en su miedo, sólo corrían para protegerse de todo lo que implicaba la llegada de aquel ser. Vientos feroces, lluvia incontrolable, el monstruo gigantesco que parecía flotar y caer lentamente sobre el palco del conservatorio.
     Evoct no era sólo un monstruo, era un ser malvado, se sentía en la atmósfera. Y lo comprobaron todos cuando comenzó a golpear y destrozar todo lo que lo rodeaba. Con sus veinte metros, cuerpo que recordaba un poco a Godzilla, pero sin cola y con sus extremidades más grandes. Era una mole negra, con escamas y picos que sobresalían de su cráneo como un triceratops.
     Los jóvenes de la orquesta permanecieron tocando la pieza aun cuando Evoct se acercó, atraído por la música. El monstruo quiso golpearlos, pero un campo de energía lo impidió. La música estaba obrando su cometido. Pero aun así era insuficiente, sólo los protegía y no destruía a Evoct.
     Hasta que varios músicos que los habían rechazado hace varios minutos se acercaron por un costado y les lanzaron los cables que conectaban a unos amplificadores. Los demás conectaron los instrumentos y continuaron tocando. La música creció y se hizo más potente, pero Evoct aún seguía destrozando el lugar, lanzando las sillas a diestra y siniestra. Vio un edificio a lo lejos que resplandecía, era el rascacielos de la compañía SunPops, y se dirigía hacia él.
     -¡No podemos detenerlo! –Gritó Francisco-. Sólo hemos mantenido la canción, pero necesitamos más fuerza, o más energía para que vuelva y lo derrotemos.
     No hacía falta repetirlo dos veces. Los jóvenes que habían permanecido ocultos a los costados del conservatorio escucharon sus palabras y, tras ver que lo que habían dicho se había hecho real, decidieron ayudar. Tomaron sus instrumentos, se acercaron con sigilo al escenario, se colocaron detrás de algunos grupos para poder ver la partitura, y comenzaron a tocar. La música incrementó. La energía y el campo que los protegían también creció y llegó a cubrir a Evoct. Cuando éste quería continuar avanzando, ya no pudo, como si se encontrara dentro de un domo. Sólo podía retroceder, y así lo hizo, ahora dirigiéndose a los músicos.
     Ellos no se detenían aun cuando los dedos y el aliento comenzaban a menguar. Tampoco se detuvieron cuando Evoct se iba acercando más y más con cada paso gigantesco. Tampoco se detuvieron cuando, de un manotazo, derrumbó el techo y las luces que estaban en él. De la misma manera, siguieron imperturbables, cuando se acercó lo más que pudo y, de un golpe, hizo callar a todos los que estaba en el lado derecho. Ahí se encontraba Mariana, David y otros chicos.
     Francisco logró ver lo que sucedía mientras continuaba tocando. Una lágrima y un grito se quedaron a punto de salir. Ello sólo le dio más fuerzas para tocar y rasgar las cuerdas con sus dedos.
     Óscar, por su parte, si dejó salir alguna lágrima por su amiga Mariana. Llevaban varios meses como amigos y ahora la veía, en el otro extremo, en el suelo.
     Con su extremidad izquierda, golpeó esa misma zona del escenario, ahora llevándose por delante a otros 10 jóvenes, incluida Karen.
     -¡Esto no sirve para nada! –Grito Francisco.
     -Sólo sigue creyendo y tocando –le respondió Óscar tratando de que no viera su desesperación porque comenzaba a pensar igual que él.
     -No, no tiene sentido, no servirá.
     Entonces, varios jóvenes más, de los pocos que quedaban de pie, y los que lograron levantarse del ataque de Evoct (que fueron pocos), volvieron al maltrecho escenario a tocar.
     No tuvo la misma fuerza que antes, pero sí se sintió que rejuvenecía lo que se había vuelto débil. La energía creció como si estuviera potenciándose con cada segundo.
     -¡No se detengan! ¡Lo están haciendo muy bien! ¡Continúen así! –Gritó Óscar con todas sus fuerzas a los que quedaban en el escenario.

Cada domingo un capítulo nuevo.

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