Vudú Publicitario

Sólo un día cualquiera, con planes cualquiera que se ven apartados por otra actividad cualquiera. Esta vez era irme a cortar el cabello. No recordaba exactamente desde cuando no había ido a que me lo cortaran, pero debido a lo largo que lo tenía, seguro eran meses. ¿4? ¿5? ¿Quizá 6 meses? Eso sería mucho, aunque no lo descartaba por completo.
     Me vestí con un conjunto no muy elegante, de hecho, nada elegante, para salir a la calle y dejar que el calor llegara por última vez al cabello que sería cortado. Recuerdo que antes de estudiar la preparatoria y la universidad siempre quise tener el cabello largo, enorme. Eso era antes, cuando me crecía bien y lo cuidaba. Ahora no es que no lo cuide, pero las entradas a los costados de mi frente lo hacen ver disparejo y no se ve nada elegante.
     La cuestión era que, no es tanto por el trabajo sino por el cambio de gusto, por lo que ahora decido llevarlo corto. Me queda bien. Tampoco soy un galán, pero me defiendo cuando algunos dicen que no lo soy. No soy de compararme con otros, pero si lo hiciera, entraría en la media. Eso me tiene contento.
     Camino a la avenida principal, bajando algunas calles paralelas a la calle donde vivo. La avenida es una enorme calle, de seis carriles, uno ocupado por puestos ambulantes a cada extremo, y los dos restantes para los autos (dos para la ida y dos para la vuelta). A cada lado de la avenida hay locales de diferentes tipos. Desde abarrotes, frutas y verduras, tiendas de autoservicio, refaccionarias, de pinturas, electrónicas, etc. Hasta hay un cine al final de ella donde a veces voy con mi pareja. Uno de esos locales es la estética a donde voy siempre.
     Cuando entro, me fijo en la gente que está esperando y en las mujeres que se encuentran sentadas en las dos sillas, frente a sendos espejos rectangulares y verticales. Una mujer, más alejada, se encuentra recibiendo un lavado de cabello para un teñido especial. Una más, sentada al final de la barra, está peinando a otra mujer pelirroja que, por lo que se logra escuchar, está nerviosa pues se casará mañana. Yo no tengo ninguna prisa ni evento especial, así que decido esperar en el sofá.
     Varias de las mujeres que esperan (¿debo aclarar que soy el único hombre en el sitio?) leen una revista de espectáculos que tomaron de la mesa central, donde hay decenas de ellas. Ya que preveo que será una espera larga, decido tomar una al azar. En la portada se encuentra la pareja del momento, Andrés y Michelle, quienes se han mudado al castillo de Lavoiquest, Francia, después de haber contraído nupcias en España. «UNA BODA QUE PASARÁ A LA HISTORIA», reza el encabezado. Más abajo se encuentra una estrella que no conozco, que pide a gritos «se me restituya la patria potestad de mis hijos». En letras pequeñas hay más notas rosas que decido no leer. Es más, dejo la revista en el montón y tomo otra de deportes.
     No soy muy fanático del fútbol, pero sigo al equipo que apoyo desde mi niñez. Reviso las estadísticas y, a falta de 5 jornadas, mi equipo aún puede llegar a los 8 primeros sitios. Espero que lo haga. Lleva más de 20 años sin ganar un campeonato nacional (aunque ha ganado varios internacionales). Hay varias entrevistas a jugadores, análisis de la próxima jornada y, por supuesto, también hay escándalos entre ellos. Pero unas páginas más adelante, me sorprende un artículo que creo que está fuera de lugar.
     Me recuerda a Stephen King pues ha publicado relatos de terror o suspenso en Playboy. ¿Quién diría que, después de disfrutar de unas candentes fotos de conejitas, se pudiera disfrutar de una buena historia de terror? Creo que no hay mucha diferencia entre el sexo y el miedo, las dos son sensaciones primarias, casi instintos. Pero, ¿un artículo sobre vudú en una revista deportiva? Eso no me lo creería nadie si lo inventara en una fogata nocturna.
     El artículo se llamaba «Vudú Publicitario» y estaba escrito por un tal L.E.G.

¿Se han preguntado cómo logran mantenerse todos aquellos puestos pequeños de artículos que, a primera vista, pensamos que no tienen clientes? Fácil. Con el Vudú Publicitario, una nueva práctica que se ha vuelto famosa en estos últimos meses y que, de acuerdo a las fuentes que hemos entrevistado, funciona al 100%.
Pero, ¿qué es el vudú publicitario? Me preguntarán. Pues no es nada más que el vudú como lo conocemos con la publicidad y el llamado al consumo, es decir, es el ritual donde se usan artículos, objetos o prendas de algún individuo para causar aflicción, pero ahora, en vez de usarlo para el dolor y la muerte, se usa para llamar a aquellos individuos a que vuelvan a sus locales y compren más.
Quizá les parezca complicado, pero no lo es. De hecho, quien esté dispuesto a usarlo, sólo tiene que buscar a alguien que lo haya logrado y pedirle instrucción.
Un servidor estuvo a la búsqueda de uno de ellos y nos proporcionó una serie de pasos que he realizado para corroborar la eficacia de ello. Y déjenme decirles que ha funcionado. No les diré más sobre el uso que le di, pero funcionó.
«Debes tener cuidado», nos dijo el hombre al que hemos de llamar Ismael para mantener el anonimato, «es un ritual poderoso, y enfocado a la publicidad es algo que puede descontrolarse. Sólo no abuses de su poder y todo llegará a ti».
«Sí, yo lo practico desde hace un par de meses», nos comentó una mujer que también decidió seguir en el anonimato, «es increíble y funciona. Lo uso para que los clientes vengan más seguido». La mujer tiene una mercería que, desde que decidió usar el vudú publicitario, ha incrementado sus ventas en un 75%.
Así hay muchos ejemplos de locales que han aumentado sus ganancias considerablemente. Por supuesto que, la pregunta más importante es, ¿dónde queda nuestra libre elección para comprar lo que deseamos en vez de lo que nos programan a comprar? ¿Dónde queda la libertad?
Mientras crece esta práctica, iremos viendo lo que los grandes ejecutivos piensan de ello porque, si funciona, veremos una baja enorme al consumo de los almacenes y centros comerciales. ¿O ellos también usarán el vudú publicitario?
     Levanté la vista pues había escuchado algo. Era una de las estilistas que había gritado mi nombre por tercera vez, me dijo después. Observé el local y era el único que quedaba, amén de la estilista que también habían dejado sola. No me había percatado del paso del tiempo. ¿Cuánto llevaba ahí? ¿cuánto me tardé leyendo el artículo de apenas una página?
     Me levanté y fui a una de las sillas. Me miré en el espejo, tenía el cabello largo y alborotado. Estaba sudando a mares. Ella caminó a un costado y la perdí de mi campo de visión. Cuando regresó, tenía una toalla y un vaso con agua. El vaso me dio y me refrescó bastante; con la toalla me secó el sudor. Le agradecí y me sonrió.
     Esta vez me di cuenta del tiempo, o al menos eso creí, porque no tardó demasiado en terminar de cortar mi cabello. Fue rápido, quizá unos 20 minutos. Había cerrado los ojos y al abrirlos vi mi reflejo con un corte casi militar. Me sorprendí y le agradecí, una vez más, a la estilista. Estaba a punto de pagar cuando ella se acercó a mí y me besó. Fue repentino, pero agradable. Estaba nerviosa, pero fue tierno. Le correspondí y, cuando la pasión creció, ella fue a la puerta y cambió el letrero de ABIERTO a CERRADO. Cerró las persianas y usamos el sofá.
Le hubiera pagado antes de tener sexo, porque al hacerlo después, parecía que fuera una prostituta en vez de una estilista. Ella no lo vio así y se despidió con un beso.
     Cuando llevaba unos metros de distancia del local, me vino a la mente una imagen, tal vez extraña, tal vez no. Era el sitio donde estuve sentado al cortarme el cabello, pero de alguna manera, el cabello que estaba en el piso no era mucho, era muy poco. La mujer no pudo haberlo limpiado porque estuvo conmigo todo el tiempo y no había nadie más. Entonces, ¿qué pasó?
Una semana después, volví a mirarme al espejo y pensé que había dejado pasar mucho tiempo sin irme a cortar el cabello. El reflejo tenía una mata salvaje. Decidí no dejar pasar más de un par de día para ir a cortarlo.



No hay comentarios.

Publicar un comentario