Maldición

I
Ezequiel se encuentra en el asiento de un vagón del tren. Ha decidido regresar a la ciudad de donde huyó, pero no recuerda porque lo hizo, como si todo lo que sucedió hace algunos meses se hubiera borrado de su mente. Sabe que fue algo grave porque si no lo fuera lo recordaría. Sin embargo, lo ha olvidado.
Tampoco es que su edad involucre el olvido. Con apenas 29 años se precia de ser un joven en la madurez ideal. Listo para cualquier eventualidad que se le atraviese en el camino. Y quizá eso fue lo que ocurrió, porque sigue sin recordar lo que sucedió.
A pesar de ello, y al encontrarse en una ciudad lejana de lo que era su hogar, ha decidido regresar con sus padres. Ni siquiera sabía dónde estaba, tuvo que preguntar algunas veces a la gente que caminaba por las calles y darse cuenta que ya no estaba en su lugar de origen, en aquel pueblo con el lago más fascinante de su país.
Se encuentra en el vagón, intentando recordar qué fue lo que pasó, qué lo llevó a irse, qué fue lo que sucedió antes de irse.
II
El tren ha llegado a la estación. El maquinista ha frenado y el humo que sale por la chimenea se concentra en una nube gris que sube al cielo.
Ezequiel se levanta, toma su maleta con las pocas cosas que había llevado en ella y sale del vagón después de los demás pasajeros que iban en él. Su desconcierto llega a incrementar cuando, dando los primeros pasos de la escalera, siente un escalofrío. La gente que salía del tren se ha reunido con sus familiares, parejas o hijos, y cuando dejan el sitio sin nadie más, Ezequiel se percata de que nadie ha asistido a su llegada. No es sorpresa pues ni siquiera él sabía que llegaría aquel día, pero al menos esperaba que alguien lo buscara. Nadie lo hace. Nadie está.
Se dirige a la casa de sus padres, al sitio por el que tantos años ha sido su hogar, pero sigue sintiéndose extraño. Una sensación inexplicable viaja con él desde que bajó del tren.
Ha llegado a la casa. Toca la puerta un par de veces y su madre sale a ver de quién se trata. Cuando abre la puerta, mira a su hijo, pero su rostro no hace más que permanecer impávido, como si mirara a través de él, como si se tratara de un fantasma. Ezequiel intenta comprender aquella nula reacción, pero no lo logra. Él entra a la casa y se encuentra a su padre de pie en la sala. En una reunión que muchas familias verían como un milagro, ésta en especial no lo ve así. La madre de Ezequiel sigue sin demostrar emoción alguna y su padre, al contrario, hace una mueca de disgusto.
La conversación inicia con un saludo frío, con una pregunta que requiere explicación. La madre de Ezequiel lo mira y le pregunta quién es.
—Soy yo, madre, ¿no lo ves? —Responde extrañado de la pregunta de su madre. Es cierto que no esperaba una bienvenida con bombo y platillo, pero seguro que sí con algún abrazo o alguna palabra de cariño.
—Yo no soy tu madre. Olvida que algún día te engendré. —Dice la mujer con tristeza en sus ojos, casi al borde el llanto, pero sus lágrimas permanecen dentro por una rabia incipiente que las reseca.
Los tres se encuentran cara a cara, formando un triángulo en la sala. Cada uno en la punta, alejados, distanciados como si tuvieran miedo de acercarse.
Ezequiel pregunta a su padre.
—¿Qué ocurre aquí?
Pero el hombre no contesta a su cuestionamiento. Sólo lo mira y maldice por lo bajo.
Sin entender qué es lo que ocurre, Ezequiel decide salir de aquella casa, como si de verdad ellos no fueran sus padres y se hubiera equivocado de hogar. Camina por las calles por donde pasó desde que era niño, recuerda cada una de las aventuras que vivió en ellas, pero ahora llega al bar de la ciudad. Entra y los hombres que se encuentran sentados en las mesas, bebiendo alcohol y jugando cartas, y aquellos que beben en la barra, voltean a verlo. Callados, con rostros mezclados de indiferencia, rabia, desconcierto, enojo, sorpresa y molestia. Pero todos permanecen callados.
Después de unos segundos las palabras aparecen en los hombres, primero con murmullos y después alzando la voz de manera que se convierte en una frenética discusión de un solo lado. Entre lo que dicen se logran entender frases que corresponden a la sorpresa que sus rostros mantienen: «¿Cómo lo pudiste hacer?», otros a la molestia y algunos más al repudio.
III
Ezequiel se encuentra confundido y aturdido tras los encuentros fugaces y llenos de palabras discordantes de aquellas personas. De su familia. De sus vecinos.
Ahora se encuentra a unos metros de la estación del tren del pueblo, en un claro en el que iba cuando era más joven. En él se acostaba y veía las nubes en el cielo navegar sin rumbo, a leer libros y a escribir lo que se imaginaba. Ahora, sentado sobre una roca, piensa descontroladamente en una respuesta que le ayude a entender lo que está sucediendo. ¿Qué hice?, se pregunta una y otra vez, alternando entre ellas algunas como: ¿Qué pasó? O, ¿por qué no logro recordar lo que sucedió? O, ¿por qué nadie quiere contarme qué fue lo que sucedió el verano pasado?
Las horas pasan y el ocaso llega al pueblo. Los últimos rayos del sol, levemente cubiertos por unas nubes y por el horizonte, hace que las ramas y la hojarasca tome un color cobrizo. A unos cuantos metros se encuentra el lago que también se ve transformado por el atardecer. El agua cambia de color debido a las tonalidades del cielo: primero rojo, después rosa, ahora azul oscuro, con matices de luz. Decide acercarse a él.
Se siente extraño, cansado y sin respuestas a todas sus preguntas. Para refrescarse, se acerca a la orilla del lago, forma un cuenco con sus manos juntas y se las echa en la cara. El agua forma una placa fresca en su rostro que le permite sentirse un poco mejor, pero cuando intenta tomar una segunda ración de agua, se acerca más a ella, y ve su reflejo, y todos sus recuerdos le llegan de golpe al ver su rostro. En él ve la verdad, ve sus recuerdos ahogados en una bruma, ve lo que hizo y en su mueca de sorpresa encuentra la irrealidad. Su mueca se torna más desenganchada, se convierte en un rictus de horror, de dolor y sufrimiento irreconocibles en sí mismo. Un grito procede desde lo más hondo de su ser intentado expulsar todo lo que le hace mal, toda la maldad, pero le resulta en vano. Sus recuerdos ya han llegado a su mente, ya sabe lo que sucedió, ahora comprende la actitud de las personas que lo miraron de tal manera.
Ve a su doble vibrar en el agua, observa sus dos ventanas negras, profundas y misteriosas, ahora llenas de una maldición de la que jamás se podrá liberar. Logra entrar más allá y ver su alma, un alma que antaño era blanca y ahora se encuentra negra, como si las cenizas la hubieran quemado y quedaran los residuos con una forma angelical, siniestra. Y aun así intenta llegar más al fondo, queriendo encontrar un poco de luz que apacigüe todo lo que acaba de entender, pero no lo hay. No hay nada en su interior.
IV
A sabiendas de que, si regresa al hogar que antaño era, al hogar donde ahora se encuentran sus padres, no será recibido, decide huir. Las cosas no podrían ir peor, pero hay algo bueno dentro de todo: nadie ha tomado venganza en sus manos. Es un milagro que hay que tomar como bueno, pero ni eso logra tranquilizar a Ezequiel a quien ya han mermado tantos recuerdos, tanta brutalidad en su mente.
Nadie lo extrañará. Sus padres dejarán de pensar en él y quizá comiencen a decir que nunca han tenido un hijo (y quizá ya lo han comenzado a decir desde hace algunos meses). Toda la gente olvidará que alguna vez existió. Pero jamás olvidarán lo que sucedió aquél día, se convertirá en una mancha en la historia del pueblo, una anécdota de la que jamás querrán hablar. Y eso será lo peor, «jamás he existido», piensa mientras corre.
Huye hacia el norte. Baja la velocidad cuando se encuentra cansado, pero vuelve a incrementarla cuando siente que debe irse. Un olor a sal lo atrae. El mar se encuentra a un par de kilómetros. Después de varios minutos de correr y con el sudor en todo su cuerpo, ahogándolo, llega a ver el esplendor del mar. La infinidad del agua lo hace sentirse pequeño, pero incrementa la violencia de sus recuerdos.
Sólo bastó un momento de contemplación para saber qué es lo que debía hacer para deshacerse de la maldición en su interior.
Con cada pasó que avanzaba se iba quitando una prenda de vestir. Al horizonte, los últimos rayos del sol se dirigían a él, parecía una puerta lejana entreabierta. Hacia allá se dirigió Ezequiel, dando un paso dentro del agua fría, sin sentirlo, hundiéndose e intentando llegar lo más lejos posible.
A mitad de camino, el cuerpo de Ezequiel apareció sobre el mar, flotando como si estuviera relajado, y así lo estaba, se encontraba en paz. Las olas lo mecían y lo alejaban. Dormía como los viejos zares lo hacían. Había encontrado una manera de evitar que la maldición lo siguiera o lo martirizara por el resto de su vida, se había entregado al mar.
Ahora descansa en paz en el fondo del mar.


CANCIÓN


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